Al aplicar un esfuerzo continuado durante periodos de prácticas breves y regulares aprendemos a no reaccionar habitualmente a nuestra experiencia sino a responder de forma creativa y con conciencia. Al trabajar directamente con la mente podemos desarrollar, de forma efectiva, estados de conciencia elevados que tendrán un efecto directo sobre nosotros mismos y la manera en que percibimos el mundo.
La meditación no se utiliza para pensar en los problemas, ni cómo podría entenderse, sino para permitir un descanso a nuestra mente. A veces entramos en una mezcla de preocupaciones que nos provocan ansiedad o estrés en la vida diaria, como problemas laborales, de relación y hasta podemos llegar a trastornos.
Cuanto más se experimenta esa libertad, el Ego tiende a disolverse, los deseos y miedos que le dan vida. Una buena meditación no hay que dejar que los problemas del mundo nos absorban demasiado, ni nos preocupen hasta el punto de robarnos el sueño, y aceptando en nosotros la “relatividad” de todo cuanto nos rodea, comenzamos a estar más predispuestos para asumir un estado de serenidad y generosidad.
No importa lo que hagamos o dónde estemos, el estado conseguido en la meditación será finalmente una forma de ser natural y no forzada en nosotros, una verdadera conquista interior, aquello que durante años ha permanecido en un segundo plano, testigo mudo de nuestras idas y venidas, anhelos y decepciones. Ese es el fin de la meditación, dejar que se exprese la “voz del silencio”.
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